martes, 22 de diciembre de 2009

Zangarrón 1977


Escrito por Celedonio Pérez Sánchez.
Redactor jefe de “La Opinión de Zamora”.

Artículo publicado en La Opinión el 22-12-2003.

Como un sueño. El 26 de diciembre de 1977 fue como un sueño para mí. Rebobino y recupero imágenes a borbotones, entre neblina. Un día largo, tenso al principio, después intenso y al final apacible y somnoliento. Duró más de treinta y tres horas. Empezó el 25 a las siete de la tarde y terminó el 27 a las tres de la madrugada. Nunca se me olvidará. Fue una de esa docena de jornadas que quedan clavadas en la mente durante toda la existencia y que sólo con clic mental vuelven a revivirse a voluntad. Como ahora.

Allí estaba yo en medio del tropel. Agobiado por un ruido estridente. Cencerros, castañuelas y gritos. Lejos de Madrid, la tensión política, las manifestaciones, las clases y el confusionismo. Allí estaba yo en la calle San Sebastián, una de las vías de mi pueblo con nombre judío, centro de atención de una masa sin cara, tapada con el paño que ayuda a sobrevivir en una recién estrenada noche de invierno.

“Tu al ritmo, que las filas estén limpias”

No me dio tiempo a pensar. Ni en el consejo de mi primo Manolo, “Gazapo” –como yo-, el tamborilero: “Tu a tu ritmo, que las filas estén limpias y deja a los picones, no los sigas” o en la advertencia de mi madre: “No te mates, corre lo que puedas pero no más”. A los cinco minutos no me acordaba de nada. Sólo veía a “Cuqui”, a Angel “Cipri” –que acabó con las piernas amoratadas- a José “Cerruje”, a Cesáreo “Michica”, a Mirico… Me provocaban con los cencerros. Entraban en las filas de los quintos mis quintos: Lázaro, Loren, Beli “Marcio”…, rompían el ritmo de los bailones. Corría y corría sin sosiego. En la mano, el vergajo que iba y venía cortando el frío a ritmo marcado por la fiebre de la fiesta, sin pausa. La carrera más larga, a Cuqui. Desde la puerta del “Hojalatero” hasta el campo de fútbol. Allí lo pillé o se paró. No me acuerdo. Lo agarré por detrás, por un jirón del abrigo viejo y nos sonreímos echando humo por la boca. No le pegué.

Las vísperas duraron, yo qué se… Dicen que poco más de media hora pero a mi se me hicieron eternas. Acabé cansado. Con todos abalanzados sobre mí, hablando a gritos: “Bien lo has hecho muy bien” creo haber escuchado a mi primo Cele “Marino”. Después de la espera, una noche entera. Ya no recuerdo –son tantos años- quienes me habían amenazado con no dejarme dormir en toda la noche. No pegué ojo, pero no por los cencerros de los mozos que pasaron por la ventana de la habitación de mi casa durante toda la noche. No estaba allí. Me acosté en casa de Pedro “Carina”. Burlé a todos los listillos. Pero dio igual, apenas pude relajarme.

Cele “Marino” fue el maestro de Ceremonias.

Pronto, a las seis de la mañana, con la niebla acariciando las viejas bombillas, salí a la calle dispuesto a vivir un día inolvidable. El peso de la tradición, de mis antepasados, de una celebración ancestral, mágica, me cosquilleaba en las piernas. En mi casa me vistieron, con la parafernalia propia de un acontecimiento singular. Mi primo Cele “Marino” fue el maestro de ceremonias. Mis padres emocionados. “Cada media de un color, ésta a la izquierda y otra a la derecha”. El traje donado por Melitón Fernández, sudado por decenas de “Zangarrones”, me quedaba bien, pintiparado, como hecho a la medida. La tela de manta de caballerías agobiaba un poco, allí, a la lumbre. Lo último, el pañuelo sobre la frente. “Ponte dos, que así te roza menos la careta” Y ataviado con el rudo traje a cuadros, con el ocre y el rojo rompiendo la noche, salí a la calle. Solo me faltaba la careta. “No te la pongas hasta que te merme la cabeza, que si no te roza”.

Tinín y Domi con la sartén llena de sopas de ajo.

Y allí estaba yo, a las siete corriendo por las calles del pueblo, con el único fin de estirar las “cuerdas” de las piernas que bastante sueltas estaban ya por cierto de la víspera. A los cinco minutos nadaba en sudor y las mantas picaban. Esto va a ser un martirio, pensé entre el sonido acompasado de la baraja de cencerros y esquilas que presionaban mis riñones haciéndome daño.
A las ocho y media comenzó la gran ceremonia. La cita fue en casa de Angelito “Curandero”, padre de Lázaro. Era la locura. Tinín Ponce y Domi con una sartén llena de sopas de ajo embadurnaban a todo el que pillaban. También las paredes inmaculadas de Angelita. Carreras, risas, voces.
Fuera el manicomio. Cencerros, latas, palos, un ejército de desaparrados que gritaban como energúmenos. Gorros de mil formas, rostros abotargados por el frío y el alcohol, aborrajados por el esfuerzo y el calor todavía reciente de las lumbres y las bodegas.

La careta me agotaba por todos lados. Los hierros del cierre de la texta, clavados sobre el pañuelo de “mañico”, empezaban a molestarme. Pero lo peor, la visión. Nunca he visto el mundo tan pequeño. Por dos aberturas mínimas. Era peor cuando me movía. Los “ojos” iban de un lado a otro. Y cuando corría, el ángulo de visión se me balanceaba más que los cencerros clavados en la espalda Todos incitándome, todos provocándome. Manolo, mi primo, dio la orden. Formaron los once bailones. Empezaron a tocar las castañuelas. El espectáculo estaba servido.

Martirizado por los alambres de la careta.

Los recuerdos aparecen muy débiles. Es difícil revivir lo extraordinario. Las sensaciones insólitas son eso, no se pueden repetir. El cerebro está hecho para recuperar imágenes normales. Ese día, las que yo ví estaban difuminadas.

Por la niebla, por una emoción íntima, indescriptible, por un cansancio matador. Mis ojos bamboleaban, no eran capaces de transmitir mensajes al cerebro dolorido, martirizado por las alambres de la careta que pesaba más de seis kilos. Carreras, movimientos, palos, dolor y satisfacción. Eso debe ser el masoquismo. Algunas veces me faltaba el aire y buscaba aliento moviendo la careta, esa extraña máscara negra más propia de una ceremonia iniciática de un brujo africano que de atuendo festivo de una celebración del interior zamorano.
Desde el inicio del pasacalles –tradicional danza- hasta llegar a la carretera de Zamora y escuchar el último sonido de la flauta poniendo fin al Baile del Niño, apenas recuerdo nada. Todo blanquecino en mi cabeza. Veo otras imágenes, ya posteriores. Me dibujo corriendo delante de otros “Zangarrones” como comparsa, nunca como protagonista

Carreras, risas y voces: fuera, el manicomio.

De la función de la plaza si tengo cosas grabadas. La carrera a Jose “Cerruje”. Su caída sobre el cemento. Pensé que se había matado. También el “esprint” de Mirico, que acabó en Urgencias con un tobillo o una pierna –no recuerdo bine- rota. Después el recorrido hasta la cafetería. Tras los cristales del bar estaba Manuel “El Terrible” –años después sería mi suegro- y Valentina –mi mujer, aunque ella todavía no lo sabía-. El cansancio era agobiante. Pero había que seguir corriendo. Algunos se acercaban: “Muy bien, si señor, le estás echando dos cojones”. Todavía hubo fuerzas para subir bailando hasta el Casino. Y allí la tranquilidad la satisfacción. Roto, húmedo, con la cartera repleta de billetes “robados”, también alguna fruta para respetar la tradición. Recuerdo que hablé con Luis “El Moleño” y Tomás Moyano los dos también muy satisfechos por mi “función”.

La tarde fue tranquila, recorrido por las casas de los familiares tres vueltas a la Plaza Mayor para explotar una vejiga en cada una de ellas. La tradición se había vuelto a cumplir. En ella me había dejado cinco kilos, merecía la pena. Había vivido la fiesta más grande de España: El Zangarrón de Sanzoles. En primera línea. Una experiencia desbordante. En todos los sentidos. Como un sueño.

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