martes, 22 de mayo de 2007

¡Va por usted, Sra. Robustiana!

Escrito por Susi Enríquez Hernández

A pesar de que hace unos días se celebró en Sanzoles la emotiva ceremonia de Primera Comunión de los niños, mantengo vivo el recuerdo que me vino a la mente entonces. Reviví por unos instantes lo que supuso para mí ese día tan especial (amén de la religiosidad y el estupor al sentirme ya integrada en las obligaciones cristianas) con motivo de los regalos y obsequios que recibí de mis familiares, vecinos y amigos.

Creo haber vivido uno de los momentos más felices de mi vida, por haber recibido como regalo una peseta en papel. ¡Dios mío, una peseta!. Entonces recibir una peseta era un regalo especial. Estoy hablando del final de la Guerra Civil, exactamente mi Primera Comunión se celebró el 18 de Mayo de 1939.

La citada peseta, un tesoro sin duda, me la metió en el bolsillo del traje una gran señora: Mª Rosa Avedillo, que siempre tenía una agradable sonrisa en los labios y generosidad a raudales con todo el que se le acercara a su lado.

¡Que alegría, una peseta, Dios mío!. ¿Qué haría con ese dinero?... Ya está. Pensé comprar por la tarde las torrijas que se me antojaran a la Sra. Robustiana, que encaramada en lo más alto del Salón de baile, se ponía con su cesta de golosinas repleta de excelentes torrijas.

¡Que ilusión!. No veía llegar el momento del baile. Creo que apenas comí pensando en las torrijas con las que quería darme un festín. Había reunido en la limosnera unas monedas de cobre de cinco y diez céntimos. Tenía ya sobradamente para todo, pues el baile costaba una perra gorda, o sea diez céntimos, que era el sueldo oficial que tenía los domingos y festivos. Y llegó el momento deseado. Nada más entrar en el baile divisé entre la multitud a la Sra. Robustiana subiéndose a su puesto de trabajo. Se sentó y rápidamente descubrí una gran cesta engalanada con una enorme guirnalda de torrijas. ¡Que brillo tenían y que olor tan profundo al rico aceite de oliva!. Estaban adornadas, cual si fuera nieve, con un polvillo de azúcar que recreaba la vista al más distraído y excitaban al más exigente de los paladares. Me acerqué a su puesto y le dije: "Deme con esta peseta todas las torrijas que pueda". ¿No serán muchas?, me contestó. "Que va, apenas he comido y con el hambre que tengo...". "Toma hija, come estas dos y cuando las termines vienes a por más, porque te sobra todavía bastante dinero". Al momento, ya estaba allí a buscar más. "Toma hija otras dos... ¿No te harán daño?" "Que va, tengo muy buen estómago".

Repetí hasta saciarme, pues una peseta daba para muchas torrijas. ¡Que gula!, ¡Que glotonería!. Mi ansia al buen yantar quedó satisfecha, pero mi conciencia se sintió dañada por haber faltado, según mi escrupuloso pensar, a una de las virtudes cardinales: la templanza. ¡Dios mío, que atrocidad!. No pude estar tranquila hasta que me confesé de nuevo por haber cometido ese gran pecado: unas torrijas exquisitas que me comí con placer el día de mi Primera Comunión. Perdón Dios Mío, pero me tendría que confesar muchas veces por comer torrijas y otros placeres gastronómicos que hoy tenemos en la cocina zamorana y como no, en la cesta de torrijas de la señora Robustiana. ¡Va por usted, Sra. Robustiana!.

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